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INTERPRETAR A YERMA

Entrevista de Luis Alberto León y Orlando Sosa* a Urpi Gibbons
Publicado: 4 de junio 2019

LA: ¿Qué tal el ensayo de hoy?
Creo que desde la lectura no tenía el galope del caballo tan a flor de piel porque simplemente, por cosas de horarios y cosas que hay que chambear de movimiento, coreografías, hemos estado fraccionadísimos, en mucho desorden, ¿no? Cual cine. Y, entonces, claro, para sentir este Lorca ayuda mucho seguirlo casi como un caballo de carrera… ¡Pero es un caballo que está uffffff! Y para eso hay que ir escena tras escena, verso con verso, bailarlo. Para mí ha sido, por ese lado, riquísimo.

Por otro lado, mis primeras pasadas, pues, son traumáticas. Fue como sacar cita con el psicoterapeuta de inmediato. Siento que sigo un viaje, es la primera vez que hago el viaje de Yerma, tampoco falta tanto. En dos semanas estamos haciendo la primera exposición de este viaje entre la intensidad de lo que pasas por dentro y la intensidad de las exigencias que uno tiene como actor. Es traumático, es como no saber por dónde has pisado porque has estado así, pisando huevos en cada escena. Además te tienes que ir ya casi como en función…

Teníamos la idea de usar una planta. Hemos hablado de la planta que nace, que crece, que es un símbolo más, y hoy, día, antes de la pasada, hemos decidido con Nishme sacarla. Las acciones que había con la planta durante cada escena eran muchas. Entonces tenemos que resolver, ¿no? Ya no hay planta. Entonces, ¿dónde está la fuerza? ¿Dónde entraría la actividad? Por un lado, ha servido porque me he concentrado más en mí misma, en el viaje de ella misma. En esta mujer, la curva es bien clara: no puedes hacer la escena en que matas al marido cuando, justo un ratito antes, has ensayado “ay, hijo mío, ¿cuándo vas a venir?”.
He terminado mareada. Eso pasa, pues, que terminas con dolor de cabeza, no sabes bien por dónde has viajado, por dónde has estado. No sé qué está bien, no sé qué está mal. Yo, a veces, digo a mis alumnos que hay un punto en el que los actores somos ciegos por más que estudiemos, pensemos. A veces ves algún punto de referencia, a veces no, te pierdes y das vuelta en el mismo sitio. Bueno, es parte del encanto de nuestro viaje, ¿no?

O: ¿Cómo ha sido el no romantizar esa maternidad que nunca llega? Siendo la maternidad en esta sociedad muy romantizada, en la obra es cualquier cosa menos romántica, termina siendo destructiva.
Claro, es destructiva por cómo acaba. Pero, además, incita a algo que uno va descubriendo en cada letra, en cada imagen –porque eso te da Lorca-, que uno va descifrando del texto: ella no está encandilada por la maternidad. Quiere tener un hijo, y tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Que el pecho esté agrietado y que te duela, eso es parte de la maternidad, ¿no? Tanto, que hasta a mí me da miedo ser madre. Pensé que más bien iba a ser como el ser o no ser de la maternidad. El Hamlet de la maternidad. Y, más bien, Yerma, como mujer, se ha preparado, sabe que la maternidad es ácida. Yerma lo sabe y, sin embargo, lo quiere. Lorca te ayuda a no dorar la píldora. No plantea una mujer que dice: “ay qué bonito, quiero hacer agú agú con mi bebé y ponerle blonditas”. No, no te lo plantea así. Te plantea una mujer que ya sabe que va a sangrar. Hay un texto en el que dice: “aunque yo supiera que mi viejo me va a jalar de los pelos… y me va a martirizar, lo recibiría con gusto”. Entonces, creo que Lorca te ayuda. Ahora, sí es interesante lo que me dices porque, en general, está dorada la píldora de la maternidad, y yo supongo que eso es en gran parte por el patriarcado, ¿no? Ser mujer es tener hijos…Y también puedo haber caído en eso en algún momento, cuando biológicamente tuve el impulso de ser madre. No lo idealizo, al contrario, tal vez es algo que me ha asustado desde siempre, mucho, por la carga.

O: Hablas del dolor. ¿Cómo sientes que Yerma está conectada al dolor y, para ti, cómo ha sido este proceso de conexión con el dolor para representar a Yerma?
Siento que Yerma es muy inteligente, pero también es muy corporal y apasionada. Creo que más de dos veces dice: “este dolor ya no está en mi carne”. Ya es algo que está colocado en distintas zonas. Entonces, sí, tal vez, justamente estoy hablando mucho del dolor porque siento que ella está todo el tiempo plantada al dolor. Lo está viviendo, lo está asumiendo, se hace cargo de su dolor. Pero lo que es increíble es que, a pesar, de que sabe que puede doler tener un hijo, sabe que dolerá más no tenerlo, y no para de luchar. No me parece un personaje triste, es un personaje que más bien lucha, lucha y lucha hasta quemar el último cartucho para tener la posibilidad de que eso suceda. Es resiliente.

O: Entonces, ¿el dolor es parte de su proyecto de vida?
El dolor de la maternidad, de ser madre, lo asume porque sabe que la gratificación es mayor. Está segura de eso. Ella siente que lo necesita, creo que hasta físicamente. Creo que ella no asume que el dolor está fuera de la vida. Es consciente de los dolores tanto de ser madre como de no ser madre. Le parece más doloroso no serlo, pero sabe que su vida es dolor, que la vida es dolor. No es una persona ingenua, solo que lucha para conseguir lo que quiere.

O: Me narras a Yerma como alguien que no está desconectada del mundo, sino que tiene una completa conciencia del rol del dolor en la vida, independientemente de la maternidad. Entonces es alguien consciente de la vida y que, por decisión, elige eso. Asumir la vida como esta dualidad.
Exacto, y creo que -sabiendo que la maternidad también tiene esa dualidad- elige vivir, es apasionada…Te confieso que al principio me acerqué mucho a mí. Gracias a Alberto Diesel –desde que he sido su jefe de prácticas, sus asistente-, generé el amor por Lorca. Después me tocó hacer La Casa de Bernarda Alba,con Coco Guerra. Hice Adela. Hay algo que me resuena mucho en Lorca. Pero iba a algo bien concreto. Cuando Nishme me dijo para hacer Yerma, yo estaba enferma. Me acuerdo que le dije: “Ay, qué maravilla, sí, lo haré de todas maneras”. Cada uno tiene sus rollos, o cada mujer tiene un rollo con la maternidad, ¿no? El hombre lo tendrá con la paternidad, qué se yo. Yo tengo un rollo y me dije: “¡qué loco que me toque trabajar esto! Si uno lee literalmente, la obra trata sobre la maternidad, pero la segunda línea de lectura habla sobre la erotización… Para mí Yerma está erotizada, quiere vivir. Y claro, en un contexto como el de 1934, que solo tiene como mirada para la mujer casarse, su única puerta para la vida es la maternidad, en un momento dice: “los hombres tienen otras cosas, el ganado, la agricultura…”. Si ella tuviese todo eso, tal vez se dedicaría a algo más que a remendar ropa toda su vida. Hay una rebelión en ella que no tiene que ver solo con querer ser madre, sino querer ser más, y sueño cosas que mi hijo va a ser, con la trascendencia. Entonces, para mí, lo que persigue ella, no es solamente la maternidad, sino la libertad que la maternidad le da en esta cárcel en la que vive: es la puerta a la libertad, es la puerta al eros, a la vida, a respirar. Si no, es morirse en una casa.
LA: Es como Sor Inés de la Cruz quizás, ser monja para ser libre.
¡Exacto! Tal cual. Para poder volar a través de eso, yo siento que en ella, lo que representa este hijo, es una puerta a no estar amarrada a un hombre y remendar ropa y que eso sea su vida. El hijo le abre un mundo para crecer.

LA: Inevitable ahondar un poco en cómo te toca esto a un nivel personal.
¿La libertad o la maternidad? (risas) Justamente creo que lo loco es que yo pensé que, de pronto, iba a trabajar profundamente conmigo el tema de la maternidad, que es algo que me ronda. Que era una oportunidad, un momento para ahondar en la sensación de la maternidad o del duelo de no ser madre a los 44 años. Pensé que iba a movilizar todo eso, que volvería a terapia. Sin embargo, me ha dado más fuerza, más ganas de comerme al mundo. Entonces, creo que eso es lo que me ha inoculado Yerma. Independiente de tener un hijo o no, no quiero estar amarrada, quiero tomarme un vino de verano si me da la gana. Tengo una necesidad de sentir mi libertad. Y creo que cuando uno está en estos procesos sales y… a ver, pues… No creo en esas cosas de que te vuelves el personaje todo el día. Eso es extremo. Pero si vives algo, te confrontas, estás todo el día ahí metida con este mundo, entonces sales y ves el árbol de otra manera, las ramas de otra manera…
En ese sentido, me ha trastocado, me ha movido muchísimo, además de la maternidad, el tema de la creación. Es como que veo y digo: dónde es que yo siento que mi vida, mi eros, crece, dónde es que crece más. Siento que, tal vez, más bien, me lleva más a algo tánatico que no me hace feliz, ¿no? En el ámbito de la creación, como que lo estoy empezando a ver más claro.

LA: ¿El teatro cura?
Yo siento, personalmente, que el teatro me ha salvado la vida. El teatro me cura cuando puedo elaborar lo que hago en el teatro, no creo que el teatro sea la terapia. Creo que hago catarsis. Me obliga a no esconder las cosas que están, me ayuda a tratarlas. Me dice acá están, ¿no? Acá están. Quizás alivie en la medida que sea un proceso sano, bueno, que yo pueda elaborarlo después. Si no lo elaboro también me podría hacer mierda, ¿me dejo entender? No creo que el teatro sana porque sana. El teatro me ha salvado porque me ha hecho conectarme a los dieciséis años con la vida, pero luego hay que hacer más cosas para curarse. Elaborar o meditar o lo que sea para que todo eso se asiente.

O: Creo que algunas lecturas que se hacen es que la maternidad es la prisión de Yerma, pero, a la vez, por lo que me comentas, es su mecanismo para ser libre.
Mira, yo lo he leído como una aspiración de libertad. Creo que no entenderlo también de esa manera, con toda humildad, es como leer el cuadro de una loca obsesiva que la caga porque no tiene una criatura.

*Dramaturgista de La Plaza

2019-04-30T00:44:37+00:004 junio, 2019|Yerma|

HOMBRES QUE ESCRIBEN SOBRE MUJERES

Entrevista de Regina Limo* a Luis Alberto León**
Publicado: 21 de mayo 2019

¿Por qué escribes sobre mujeres?
El otro es el espejo donde se evidencian mis tensiones y falencias. La imagen de la mujer refleja mis propias tensiones, falencias y condicionamientos. Y resuelvo a través de esta imagen, o desanudo estos nudos. Lo masculino está demasiado cerca de mí como para poder desanudar eso. Entonces, lo femenino me da la libertad de poder abrir nuevos horizontes sin estar sujeto por la vía de mis condicionamientos. Me abre un campo de posibilidades infinitas que como hombre no me permito. Y a través de esos viajes, a espacios y ámbitos desconocidos, a través del cuerpo, voz y mente de la mujer me permito reconocerme como un ser humano no dual.

Tradicionalmente, los personajes masculinos son activos y los femeninos, pasivos. ¿Es siempre así?
El ser depositario de las aspiraciones de los hombres y reaccionar frente a eso parece que no es ser. Mira lo que hace La cautiva en algún momento, se levanta y dice: “Que empiece la fiesta, vamos a festejar, yo soy la ofrenda, solo quieren ser felices, solo quieren ser felices”. Abre conceptualmente un horizonte, cataliza lo divino y lo profano. Esa actitud, para mí, refleja profundísima ecuanimidad. La barbarie no la juzga, trasciende la visión dual, deja de ser objeto para convertirse en ofrenda. Entonces, eso es una acción concreta. No es víctima, se convierte, ella se ofrece al final. No como un acto de compasión típico femenino sino como un acto de liberación porque ya no teme. Entonces, eso, a mi entender, eso es acción. Eso es un proceso mental, es un proceso emocional, pero que no es típico o lo que uno espera como acción en los hombres.

¿Por qué un hombre escribe sobre mujeres? Tú y yo hemos hablado de esta figura del autor como la cabeza omnisapiente que puede hablar de todo y de todos.
En realidad, yo no le estoy dando voz a las mujeres. Yo estoy descubriendo el mundo a través de la mujer, no estoy hablando por una mujer. Tengo profundo interés por hablar con el otro, con la mujer. Y cuando hablo en Savia de los bora, los murui, no estoy hablando por ellos. Hablo con ellos, con todas las falencias y limitaciones que eso tiene, pero no me considero ni un portavoz de las mujeres, ni un evangelizador de mujeres, ni nada por el estilo. ¿Cómo podría y para qué? Si las mujeres tienen su propia voz.

¿Qué quiere Lorca representar en Yerma? ¿Qué ves tú en las obras de Lorca?
Lo que veo yo es que el síntoma de una sociedad oprimida es la observación del comportamiento de lo que se consideran minorías. Tú ves la salud de una sociedad y mira a quién se le considera minoría, porque a las mujeres se les trata como minoría, ¿no es cierto? ¿A quién se le trata como minoría? Y puedes hacer un buen diagnóstico de la salud de una sociedad. Reflexionar sobre la mujer es importante en una sociedad en tantos aspectos quebrada como la nuestra.

¿Cómo te acercas tú a esos otros, a esa otra que es la mujer? ¿Cómo podríamos —desde tu experiencia de escritor— leer o ver Yerma, que es una mujer escrita por un hombre?
Aproximándose con respeto y preguntando con respeto. Y que la agenda no sea la exaltación de tu propio conocimiento, sino la exaltación del conocimiento por el conocimiento. Uno tiene que despojarse de su ambición egocéntrica en la medida de las posibilidades y realmente hacer lo posible por escuchar al otro. Entonces, si mi protagonista es mujer, converso con mujeres y dejo que me guíen, que me asesoren y enseñen. Es el caso de Sadhaka, Savia, La cautiva o Investida, que es la obra que estoy escribiendo. Rodéate y perméate de las personas adecuadas. No es perfecto, esa unidad que uno infantilmente aspira no se va a dar. Por más que quiera, no voy a poder, o sea, las diferencias van a estar ahí, los privilegios van a estar ahí, pero creo que es mucho peor no intentarlo. Hemos hablado muchas veces nosotros sobre como aquellos seres humanos privilegiados al querer empatizar con sectores oprimidos, al final desplazamos la visibilización del oprimido. Tengo que asumir la responsabilidad de eso, no puedo ser ingenuo.

¿Qué errores garrafales encuentras cuando se intenta representar vivencias ajenas? O sea, cuando un blanco escribe sobre afros, cuando un hombre escribe sobre mujeres, cuando una clase media escribe sobre pobres. No son temas prohibidos, pero hay una forma, como tú mismo dices, de aproximarse a esos temas.
Uno de los primeros síntomas es cuando no escucho la voz del otro. Esto lo conversamos con Sebastián Eddowes. Cuando sigo escuchando en la obra la voz de una persona blanca de cincuenta años y sigo escuchando esa voz en su dicción y su construcción. Después, cuando el autor es más importante que aquello que hacemos, cuando mencionan primero al autor y después al otro, es un síntoma horrible. Eso es un tema que a mí me jode, es delicado, porque es como si vivieras el sufrimiento ajeno, es algo que no tengo resuelto.

¿Lorca veía lo mismo que ve Yerma?
Por supuesto. A veces encuentro puntos de coincidencia mayores con aquellos sobre los que escribo y con los que me encuentro, que con, supuestamente, aquel medio social del cual vengo. Son la puerta de escape a mi propia alienación. Muchas veces en mi vida he visto en esos otros un refugio, lo suficientemente apacible para querer morar en él. No estoy haciendo una idealización, porque conocer también implica no idealizar. O sea, cuando hablo de lo de los bora, los murui, no hay una idealización sobre ellos, son seres humanos, pero, sin embargo, sí tenían formas y usos con los cuales yo me sentía profundamente identificado y ciertas transmisiones que son parte de mi educación, de mi formación, pero no dejan de ser seres humanos, no hay ninguna especie de paraíso donde ellos moran.

Ese sería otro error.
¡Totalmente! Esa idealización, el paternalismo también es asqueroso, o depositar toda la sabiduría en el otro. Luego también hablamos de la culpa, de esa white guilt, de esa culpa blanca. Entonces, ahí no estás conversando, estás generando tus propias proyecciones, ahí no estás descubriendo al otro, simplemente estás expiando. Estás poniendo moneditas en la lata de limosna, ¿no? O sea, el white guilt, el paternalismo, la idealización, el ver su visión como solución absoluta, es totalmente onanista.

*Dramaturgista de La Plaza
**Dramaturgo y dramaturgista de La Plaza

2019-04-30T00:36:12+00:0021 mayo, 2019|Yerma|

YO PUEDO SER JEFA DEL HOGAR, EMPLEADA O INTELECTUAL

De: Fátima Valdivia
Publicado: 7 de mayo 2019

ALGUNOS APUNTES SOBRE LAS DESIGUALDADES EN LA MATERNIDAD EN EL SIGLO XXI

Mientras escribo este texto, he sido interrumpida innumerables veces. Por mi hija que necesita que le explique por qué la tierra no es plana, por la tetera que silba, por el almuerzo que hay que preparar, por la ropa que hay que colgar -otra vez mi hija enseñándome su baile de la victoria-, por el grupo de whatsapp del colegio que hay que silenciar, otro mensaje más de una mujer que no conozco preguntándome sobre el misoprostol, por el correo de trabajo que hay que responder, tres veces por mi suegra tratando de organizar el cumpleaños de mi suegro (por cierto, qué feas suenan esas palabras: no hay melodía ahí), otra vez por mi hija que no alcanza algo. Las maternidades son gozosas, contradictorias, dolorosas, agotadoras y, en ciertos contextos, hasta pueden ser colectivas; pero están siendo también tremendamente desiguales.

Reflexionaba sobre mis ancestras, sus maternidades y sus libertades. Para mi abuela, la libertad significó casarse con mi abuelo y tener la posibilidad de ser LA señora de la casa, no salir a trabajar y dedicarse a sus siete hijos. Para mi mamá, la libertad significó poder estudiar y trabajar (como aún hasta ahora lo hace, sin querer jubilarse) y poder cumplir algunos de sus sueños, mientras equilibraba su maternidad lo mejor que podía. Para mí, la libertad ha significado la posibilidad de poder hacer y estar donde yo quiero, y poder vivir de ello, siendo una madre de presencias intermitentes. Los sesenta nos trajeron una gran revolución: el uso de anticonceptivos y la posibilidad de decidir cuándo tener hijos (si es que los queríamos). Eso nos permitió la libertad de poder planificar nuestras vidas, retrasar el momento de tener hijos, poder estudiar más y ascender en puestos de trabajo, poder vivir solas, decidir si es que queremos casarnos. Hasta ahora suena bien, ¿verdad?

Vuelvo a mis reflexiones, esas que interrumpen mi mañana. La inexistente, y tan deseada, maternidad de Yerma es el principio y el fin de todas las convenciones sociales. Todo lo que transcurre en la obra podría bien transcurrir en pleno siglo XXI en mi barrio, en tu trabajo, a la vuelta de nuestras casas. Por ejemplo, Juan es como ese marido celoso que no te quiere en el espacio público, alternando con otras personas (léase, hombres), que guarda el honor de su casa, su familia y su apellido asegurándose de que no salgas. Las cuñadas de Yerma son como las convenciones sociales, dictando todo lo que debes hacer y cómo lo debes hacer, y siendo particularmente prolijas en señalar, levantando ese dedo acusador, aquello que haces mal. Son las que miran por encima de tu hombro, juzgando lo que haces, las que te regañan cada vez que te sales de la norma, cada vez que intentas pensar una forma muy creativa, muy tuya, de sobrevivir y ser mujer en este mundo. Las lavanderas son como esos interminables comentarios en redes sociales que te dicen qué tienes que hacer, cómo tienes que hacerlo, por qué lo que haces está mal hecho y que eres la peor madre de todas. ¿De qué libertad hablamos, entonces?

Somos el 50,8% de la población en el país, y en los últimos diez años la población femenina se ha incrementado en un 8,3%. ¡Cada vez somos más! La asistencia de mujeres a un centro educativo es ligeramente menor a la de los hombres y conformamos el 51,3% de la PEA en todo el país. Es decir, estamos accediendo cada vez más a educación y a puestos de trabajo.

Pero salgamos un poco de nuestra burbuja y nuestras facilidades. En este mundo, ser mujer y madre es complejo. Y estamos en pleno siglo XXI:
– Aún existe un mayor número de mujeres analfabetas con respecto a sus pares masculinos.
– El 86,4% de madres solteras tiene entre 12 y 14 años, con mayor incidencia en el ámbito urbano. Pero el INEI las llama niñas madres. NIÑAS MADRES.
– Hace unas semanas, una niña argentina de 11 años, violada por su padre, fue torturada y obligada a parir (cuando le correspondía, por ley, la interrupción legal del embarazo). Todos los médicos del centro de salud objetaron conciencia y decidieron no intervenir.
– En el 2009 sacaron de todas las farmacias públicas la píldora del día siguiente. Ahora solo la venden en farmacias privadas, para quien la pueda pagar.
– El aborto terapéutico en Perú es legal desde 1924; solo 90 años después se aprobó el reglamento que permitió su aplicación en todos los centros de salud del país. Y, sin embargo, las mujeres siguen encontrando dificultades para poder acceder a este aborto legal.
– Si no quieres tener hijos y estás casada, tendrás que pasar un examen psicológico para que se aseguren de que tan loca idea proviene de una mujer cuerda. También pedirán la opinión del esposo, y lo harán firmar su consentimiento.
– Casi ningún centro laboral tiene implementado un lactario y una cuna para madres con hijos pequeños. ¿Dónde los dejarán mientras trabajan?
– Casi 400 mil personas se desempeñan como trabajadoras del hogar. De ellas, el 20% trabaja en la informalidad, sin derechos laborales o beneficios, con sueldos menores al salario mínimo. Ellas cuidan a tus hijos, ¿y quién cuida a los hijos de ellas?

Entonces, ¿de qué libertad hablamos? Si no queremos ser madres, nos obligan a serlo. Si queremos serlo, nos dicen cómo serlo. Si amamos a lxs hijxs pero estamos arrepentidas de la experiencia, nos lapidan. Esa gran utopía que era la revolución sexual con los anticonceptivos, nos dio un portazo en la cara. Como dice la diosa Despentes, esa revolución sexual se olvidó de reorganizar aquello único que se asocia a la maternidad, los cuidados. Se olvidó de reorganizar mejores y masivas opciones de espacios de cuidado infantil y en pensar en la emancipación del trabajo doméstico (si así lo queremos) sin explotar a otras, por ejemplo. Sin esa reorganización, sin ese cambio en las convenciones sociales, sin esa búsqueda de maternidades igualitarias, donde haya elección y no destino, no podemos hablar de maternidades libres. La maternidad como elección y no como destino.

* Feminista, antropóloga, abortera e integrande de la Colectiva por la libre información para las mujeres.

2019-04-30T00:45:22+00:007 mayo, 2019|Yerma|

El precio psicológico de la maternidad

De: Alexandra Hernández
Publicado: 23 de abril 2019

Las ideas y expectativas sobre la maternidad se nos inculcan desde que somos niñas. Nuestras familias, los medios de comunicación y el sistema social y político nos informan tempranamente sobre las expectativas que existen sobre nuestros cuerpos: taparlos, protegerlos, cuidarlos. Negar nuestro placer, ofrecer nuestros cuerpos a una pareja (hombre) que pueda brindarnos seguridad y protección, querer hijos, querer una familia, engendrarla, no abortar. Engendrar, parir, criar, cuidar. Desear el sexo no por placer propio, sino para el placer de la pareja (hombre), con el fin último de tener hijos. Dejar de ser deseables, envejecer, lentamente marchitarnos, dejar de menstruar, apagar el deseo. El ciclo vital resumido en los órganos de producción (reproducción).

Estos mensajes parecen estar sustentados en esa maravillosa diferenciación biológica que le permite al ser humano reproducirse sexualmente y que coloca a algunas personas en el altar de lo divino, puro y sagrado solo porque pueden expulsar a otro ser humano de entre sus piernas.

La maternidad parece ser ese factor que nos regresa a lo biológico, esa única variable contra la que no podemos luchar, que es inevitable por la potencialidad reproductiva que subyace a la opresión de las mujeres cisgénero y de quienes no son mujeres, pero que fueron socializados como tales. Bajo la posibilidad reproductiva corren ríos de argumentos sustentados en la ciencia, una ciencia enmascarada en objetividad irreductible, masculina.
Cualquier científico serio diría que existen miles de estudios que confirman que la maternidad y el deseo de engendrar está impregnado en nuestras conductas de manera evolutiva e inconsciente, porque es reflejo de nuestra posibilidad reproductiva de hembra humana, que nos impulsa desesperadamente a buscar un macho humano que nos asegure la perpetuidad de nuestros genes.

Esta suerte de “los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus” representaría el orden natural animal del que formamos parte como especie, y las mujeres, a pesar del feminismo, tendríamos que entender que nuestros cuerpos nos llaman a la reproducción, que todas esas cosas que nos hacen diferentes a los hombres son, en realidad, un privilegio: cualidades de ser mujer.

El problema es que la ciencia sobre las mujeres y la maternidad ha sido históricamente construida por varones, inmersa en sesgos e ideas sobre las experiencias de las mujeres que no tienen asidero con la realidad. No es raro, entonces, que el espacio que siempre se le designe a las mujeres es el de la reproducción, del cuidado y la crianza, y no el espacio público, la ciencia o la política. Debido a ello, un grupo de casi 300 mil científicas españolas1 realizaron una petición para que la maternidad no signifique un obstáculo en el avance en sus carreras, debido a que sus licencias de maternidad habían sido consideradas en su evaluación de desempeño. Este tipo de criterios no se le imponen a las evaluaciones de los hombres científicos.

Las mujeres que quieren ser madres, aquellas que no pueden serlo, aquellas que ya son madres, las que no quieren serlo, aquellos que no son mujeres pero fueron socializados como tales (como los hombres transgénero o personas de género no binario), las que son madres sin haber engendrado y quienes, teniendo úteros, abortaron, todos reconocemos bien los gestos, las frases, los clichés apurados, el tictac de los relojes, el señalamiento a nuestros cuerpos. La pregunta siempre es ¿cuándo?, nunca es ¿quieres? o ¿por qué?

En un estudio español, publicado en el libro Las mujeres hoy, de Laura Sagnier Delgado, se encontró que el 27% de las madres se sienten decepcionadas de la maternidad, y 9% se arrepentían de ser madres. Estas experiencias casi nunca salen a la luz porque es una sinrazón del discurso machista sobre la crianza y la maternidad, es antinatural y antibiológico.

¿Por qué una madre se arrepentiría de serlo? En un estudio disponible en la American Sociological Review, Kelly Musick, Ann Meier y Sarah Flood encontraron que las mujeres se sienten menos a gusto con la maternidad que los varones, debido a que reportan menos felicidad, más fatiga y más estrés, debido al tiempo que le asignan a la crianza y a las brechas que existen entre la participación del padre y de la madre. ¿Qué pasa con las mujeres, que parecen no aceptar su destino natural?

La idea de un instinto maternal inevitable es incompatible con la realidad: existen quienes eligen no ser madres, quienes no sienten ganas de cargar niños, cuidarlos, hacerles caras mientras pasan por la calle, quienes no sienten ternura con los memes de bebés recién nacidos o interés por los primeros pasos de sus sobrinos. La idea del instinto maternal solo “patologiza” a las mujeres que no quieren tener hijos (Jennifer Neal recopila importante información científica al respecto2). De hecho, los sentimientos asociados a los bebés o a la decisión de tener hijos dependen de las creencias “internalizadas” sobre el género y los roles sociales asignados a hombres y mujeres, según otro estudio de Brase, G. L., y Brase, S. L.3

El no tener hijos, por elección o por imposibilidad, tiene consecuencias sociales para las mujeres, siempre. La sociedad las castiga por no cumplir el rol que les ha sido asignado, les tiene lástima o les tiene odio, las ubica en el espacio de lo inadecuado.

Las esposas que no quieren o no pueden tener hijos debilitan el vínculo matrimonial, sustentado en la familia y la reproducción. Muchas acceden al embarazo por miedo a que las dejen, muchas deciden terminar relaciones o matrimonios; otras, quienes intentan y no pueden, sufren las consecuencias psicológicas de quien se culpa por no haber cumplido con la tarea asignada. Incluso, algunas sufren violencia, exclusión y estigmatización.

La infertilidad es una condición que impacta a cerca del 10–12% de las parejas. En algunas partes del mundo, el índice puede llegar hasta el 30%, pero no tiene el mismo impacto en hombres que en mujeres. Las consecuencias sociales y psicológicas para los hombres con infertilidad están asociadas al cuestionamiento de su virilidad, potencial sexual y hombría, lo que constituye el típico discurso machista que instiga a los hombres a determinar su valía masculina según su potencial sexual/reproductivo, lo que puede desencadenar en violencia.

En las mujeres, el impacto psicológico es mayor y el coste social de no cumplir con el rol de la maternidad las impacta y marca por el resto de su vida. Las mujeres que han pasado por esterilizaciones forzadas son un claro ejemplo de la violencia y discriminación que se ejerce contra las mujeres pobres, las indígenas, las que cuyos cuerpos, hijos y descendencia no son valorados.

Se nos inculca la maternidad y la crianza como actividades propias de nuestro ser biológico, pero las evidencias indican que estamos lejos de responder naturalmente a ello sin un coste social y psicológico. La imposición de la maternidad también es violencia de género.

1 https://www.lavanguardia.com/vida/20180921/451936800043/cientificas-maternidad-carrera-protesta-recogida-firmas.html
2 https://medium.com/@jenniferneal_39017/the-maternal-instinct-is-a-myth-and-weve-got-the-science-to-prove-it-de435786adbf
3 https://psycnet.apa.org/record/2011-18048-001

* Psicóloga, feminista y activista bisexual de Más igualdad Perú.

2019-04-29T22:06:23+00:0023 abril, 2019|Yerma|

Yerma en teatro de los limites

De: Victor Quiroz
Publicado: 9 de abril 2019

Yerma aguijonea al espectador: no deja a nadie indiferente. Su propuesta estética y ética nos desestabiliza, nos perturba. Es un desafío posicionarse frente a una obra de estas características, ya sea como lector, ya sea como espectador o incluso como especialista en teatro. Prueba de ello es la división que Yerma ha generado en la crítica especializada.
Usualmente se ofrecen lecturas enfrentadas con relación al acto final de la protagonista. Por un lado, se señala que Yerma es prisionera de su circunstancia rural-religiosa-conservadora y que el desenlace del drama expresa (paradójicamente, sin duda) una forma de interiorización límite de dicho entramado de mandatos socioculturales (por ejemplo, que el deseo sexual debe estar ligado a la procreación). Dentro de esta gama de interpretaciones, se suele indicar una lectura que no comparto: la psiquiatrización de la obra. No siento a Yerma como un personaje que presente un transtorno de tipo mental ni la imagino como una mujer que es víctima de un delirio. Percibo, más bien, que el autor de Poeta en Nueva York contribuye a visibilizar el impacto específico y diferenciado de dichos mandatos socioculturales en el sujeto femenino. En otras palabras, el núcleo dramático y el lenguaje simbólico de la obra (por ejemplo, las connotaciones de las flores y la tierra, asociadas a la alegría de la maternidad y a la infertilidad respectivamente) ponen en escena el modo en que dichas presiones sociales moldean los deseos y aspiraciones de las mujeres en particular y cómo ello entra en tensión con el desarrollo integral de la mujer.

Por otro lado, se ha propuesto que el resultado del encuentro final entre Yerma y su esposo implica una acto emancipador. De esta manera, Yerma estaría realizando un acto que corta la rueda de la dominación sobre el cuerpo de la mujer y sus derechos reproductivos. Su acto final, entonces, constituiría una potencial forma de liberación del dominio masculino. Ciertamente, aun cuando se afirme esta línea de lectura, se reconoce que también resulta paradójica y necesariamente parcial. Puede verse como un primer paso en el camino de la liberación, un modo de tomar las riendas de su vida, de buscar nuevas formas de canalizar sus deseos. Así, su acto final estaría inaugurando simbólicamente un tiempo nuevo, uno en el que las mujeres no se sientan exiliadas del mundo, un tiempo venidero que podríamos construir entre todos nosotros.

Dentro de estas dos grandes posibilidades de recepción de la obra, prefiero pensar que Yerma se sitúa en la orilla de lo inefable, de lo indecible: la puesta en escena de la obra crea un tiempo que irrumpe en la vida cotidiana del espectador e interrumpe nuestros sentidos comunes sobre la maternidad, aquellos que pesan decisivamente en nuestro imaginario colectivo y que afectan, de una u otra forma y en diversa medida, a todas las mujeres: la visión marianista, la imagen de que la madre debe sacrificarlo todo por sus hijos, de que es ella quien “por naturaleza” debe cuidarlos, el supuesto rol de la maternidad en la realización “plena” de la mujer, la idealización del alumbramiento, entre otras ideas preconcebidas. En estas coordenadas, siento que la sabiduría de Federico García Lorca es haber configurado una “obra abierta” a la multiplicidad de lecturas. No trata de imponer una u otra, sino que la obra culmina en una tensión que transmite afectos y sentidos que generan que el público irremediablemente cuestione la manera en la que vivimos atravesados por dichos mandatos sociales, especialmente en el caso de las mujeres.

Paralelamente, Yerma invoca otros ángulos de comprensión que recodifican el tema de la maternidad. Así, dicho drama también podría comprenderse a partir de una perspectiva simbólica. En este caso, la lectura más recurrente es aquella que sugiere que García Lorca está pensando la creación literaria o artística a partir de la problemática que enfrenta Yerma respecto de su posibilidad de ser madre. En esta línea, la pieza invita a pensar en la crisis de creación a partir del enigma de la (falta de) procreación. En otras palabras, el drama de la protagonista (la punzante incertidumbre en torno al hecho de que no puede tener hijos) se ha visto como una alegoría garcíalorquiana que problematiza el misterio de la creación estética. Los discursos y deseos que conflictúan a Yerma corresponderían simbólicamente a las fuerzas secretas, a veces dolorosamente incontrolables e indeterminadas, que afectan a quienes crean ficciones. Por ejemplo, Yerma podría simbolizar al artista en medio de una crisis existencial-estética, a aquel autor o autora que atraviesa una etapa de esterilidad creativa, y que, por ello, no consigue crear una pieza u obra genial (del mismo modo que Yerma no consigue el hijo que tanto desea). Ella sería el símbolo de un artista que experimenta una situación límite, la cual cuestiona su propia existencia como sujeto.

Veo allí otro aspecto esencial que revela la vigencia de la obra: en un mundo como el actual en el que predominan las obras que buscan conectarse con los discursos más “modernos” del presente (por ejemplo, los simulacros, la estética digital, etc.), García Lorca apunta que también es posible hacer obras que perdurarán en la historia cultural, si establecemos un nutritivo diálogo con la tradición literaria y, en particular, con las tradiciones populares (tal como él hizo cuando bebió de la fuente del romancero medieval y de la tradición andaluza para crear poemarios como Romancero gitano –publicado en 1928– y Poema del cante jondo –escrito en 1921, pero publicado diez años después-). Desde este punto de vista, los cantos de las lavanderas en Yerma constituyen una fuente otra, alternativa, capaz de transmitir saberes/poderes renovadores y plenos de sentido a quienes estén dispuestos a escuchar dichas voces del pueblo. Tal vez, si abrimos nuestra perspectiva, como hace García Lorca, podemos encontrar en ellas las claves para vencer los muros invisibles que oprimen a hombres y, en especial, a las mujeres, en nuestra sociedad.

* University of California, Berkeley

2019-04-29T20:49:26+00:009 abril, 2019|Yerma|

Un gran episodio onírico

De: Regina Limo
Publicado: 12 de abril 2019

Entrevista de Regina Limo a Nishme Súmar y Telmo Arévalo

¿Por qué hacer Yerma en el 2019 cuando es una obra de 1934?
Nishme: Yerma es de la preguerra civil española, una época de conservadurismo muy fuerte, de represión contra la mujer por la iglesia católica y el machismo. Nos horroriza que muchas cosas no hayan cambiado y se mantengan. La diferencia es que ahora buscamos reivindicar el lugar de la mujer en sociedad. Las mujeres seguimos luchando contra esta maldición de que se defina nuestra identidad por ser madres, Incluso las personas que tienen un pensamiento más progresista lidian con esas luchas intensamente.

¿Qué le propusieron al elenco?
Nishme: Con el elenco nos hemos preguntado desde qué lugar queremos hablar de esto, cuál es la posición de la mujer hoy, cómo se sienten respecto a la maternidad. Hemos hablado del machismo en el ámbito familiar, en la sociedad, y creo que todavía nos seguimos cuestionando desde qué lugar queremos contar esta historia.

Telmo: Lo interesante de habernos acercado a los actores es cómo problematizar la misma historia de Yerma, ¿no? Querer tener un hijo puede ir en contra de las luchas actuales, pero dialoga totalmente con este feminismo actual. Hemos conversado con los actores para que problematicemos el sentido de querer ser madre en nuestra actualidad.

¿Qué lecturas del texto proponen?
Nishme: Es un texto en verso, que contiene tanta poesía, trabaja con muchas imágenes, absolutamente simbolista. A través del cuerpo podemos generar otro nivel de lectura. Además, Lorca plantea situaciones extremas. Son personajes exacerbados, con las emociones a flor de piel. Necesitábamos que los actores encontrasen impulsos desde su cuerpo, que construyeran imágenes desde la composición física. Y que el universo sonoro que construimos naciese también del cuerpo, para que pudiera sumar a este mundo de sensorialidad que plantea el autor.

Telmo: Hay un personaje importante para nosotros: las mujeres lavanderas. Se convirtieron en una oportunidad de movimiento colectivo interesante.

Nishme: Creo que, si no hubiéramos atravesado por este trabajo físico, corríamos el riesgo de quedarnos como una lectura unidimensional de estos personajes, pero lo que ha ocurrido es que hemos contestado algunas preguntas que teníamos, como desde qué lugar hablan estas mujeres, qué hay detrás de ellas, de qué es herencia ese discurso. ¿Por quién están hablando? Y no son personajes coherentes, son personajes, más bien, absolutamente humanos en toda su complejidad, y creo que eso nos lo ha dado el trabajo de cuerpo con mucha más profundidad, porque es muy distinto a que esas reflexiones surjan sentados en una mesa o analizando el texto. El inconsciente también ha aflorado a través del uso del cuerpo y de la voz.

¿Cómo ha sido el proceso de trabajo de este texto? ¿Cómo han trabajado con el elenco?
Nishme: Lo primero para mí fue identificar qué es lo que me conecta con esta historia hoy. Me refiero, específicamente, al universo que quiero generar. Ese es el primer paso que tiene que ver con un momento de mucha intimidad en donde conecto con cosas personales.

Telmo: Siempre regresamos al primer impulso. Tenemos varias notas de hace meses que ahora estamos recuperando, por ejemplo, y vienen a salvarnos la vida después de cinco meses de haber conversado, de haber anotado cosas. El proceso es cíclico. Partes de un primer impulso y te acercas al texto.

Nishme: Ambos sentimos que todo era un sueño de esta mujer, un gran episodio onírico. Esto nos daba la posibilidad de darle otra lectura. Es decir, sacar a las lavanderas y a la misma Yerma del lugar común, buscar otras formas de expresión. Los sueños tienen otro tiempo y otros códigos. Tenemos una lectura particular de la realidad por lo visual, por lo sonoro. Bajo ese punto de vista hemos abordado el cásting para seleccionar a las actrices: explorar desde el cuerpo, desde la voz, desde el sonido. Convocamos a bailarinas, a músicas, y descubrimos gente con muchísimo talento. Siempre decimos en los ensayos: “Hay que jugar como si tuviésemos doce años”. ¿Cómo haría un niño, cómo jugaría un grupo de niños a construir ese momento, cómo lavarían las lavanderas de este mundo que estamos creando? ¿Lavarían realistamente o utilizarían las prendas de una manera no cotidiana? Ese ha sido nuestro juego, como si estuviéramos en un sueño y en una pesadilla por momentos.

Telmo: Y siempre ha venido a salvarnos, ¿no? Regresar a ese eje cuando estábamos perdidos ha sido una constante en el proceso.

Nishme: Queremos que el espectador se introduzca en la cabeza de Yerma, que pueda entender la realidad tal como ella la está viviendo. Una mujer que, estando en una situación de opresión, decide levantar la voz, buscar su libertad, luchar por su deseo. Es un viaje precioso de iniciación de una mujer. Es el arquetipo del héroe total. Por eso, la hemos ubicado en este viaje de camino del héroe, de iniciación, búsqueda y aprendizajes. Y en ese viaje, nos hace un montón de preguntas. El texto nos ha confrontado, incomodado y horrorizado por lo cercano a nuestra realidad. Nos ha conmovido por la belleza de las palabras, todo al mismo tiempo. Es muy intenso como Lorca. Un caballo galopante.

¿Cómo se prepararon las actrices y qué aportaron?
Telmo: Ellas nos ayudan a generar dramaturgia en escena ya que también hay una tensión creativa con ellas. Están creando e interpelando el texto con nosotros. Paramos, a veces, en los ensayos: “No puedo creer que haya dicho esto” o “A mí me pasó algo así”. Y es parte de la creación.

Nishme: Se han horrorizado al tiempo que se han preguntado qué tan cerca están de sus personajes o de haber vivido una situación de machismo con familiares o con sus parejas: esta lavandera dice esto porque ha aprendido esto y lo otro. Buscamos entender para qué ejercen ese rol respecto a Yerma, por qué la agresión. Y muchas identificaban que era por protección, para no sufrir una agresión. Una de las cualidades más importantes del teatro de Lorca es precisamente la complejidad que le otorga a sus personajes. Con Yerma, el gran reto que tendremos toda la temporada es reconstruir ese deseo, de dónde viene, qué es el hijo, qué significa el hijo para ella. No sé si tenemos ya una respuesta cerrada, concreta, supongo que cada espectador también va a tener una lectura particular.

2019-04-29T20:35:07+00:002 abril, 2019|Yerma|

Para seguir hablando

De: Chela de Ferrari
Publicado: 1 de enero 2019

Este año presentamos tres clásicos de distintas épocas, adaptados a la actualidad, para seguir hablando de lo que nos preocupa. Tres obras que tratan sobre comportamientos y prejuicios que impiden el acercamiento con el otro.

Iniciamos el año con Yerma, una de las obras más celebradas de Federico García Lorca, dirigida por Nishme Súmar. Consciente del valor que tiene el universo poético de Lorca, la directora asume el reto de adaptar la obra sin modificar el texto original. El lugar donde coloca la cámara es gravitante para sumergirnos en su propuesta. La obra se cuenta desde la psique de Yerma, una mujer que busca un hijo que no llega. A través de este ejercicio invita al espectador, a hombres y mujeres, a entrar en la psicología de una mujer cuyos deseos chocan con los comportamientos y prejuicios de la sociedad en la que se desenvuelve. La directora crea un universo simbólico que busca desmantelar la romantización que existe en torno a la maternidad. La propuesta cobra especial vigencia ante el surgimiento de una organización como Con mis hijos no te metas, que pretenden definir a las parejas, y sobre todo a las mujeres, por su capacidad reproductiva. Un clásico que nos cuestiona hoy desde qué lugar escuchamos la voz de las mujeres en esta coyuntura de violencia estructural en la que siguen luchando por el derecho a decidir sobre sus vidas y cuerpos.

Seguimos con Electra, inspirada en los clásicos griegos, escrita y dirigida por Alejandro Clavier. Nos centramos en la historia de una familia. El padre ha sido asesinado y los personajes lo recuerdan desde perspectivas distintas. La Orestiada, trilogía de Esquilo donde se enmarca Electra, fue escrita en el contexto del cambio que hizo la sociedad griega al sistema judicial, por el que el pueblo entrega al tirano la facultad de decidir las leyes y las sanciones a quienes rompan ese orden. Ponemos en manos de Alejandro Clavier, director peruano venezolano, el reto de una adaptación que encuentre puntos de contacto entre la realidad de la politica venezolana, la que vivimos en nuestro país a partir de la inmigración, y la obra. En medio del actual contexto de creciente xenofobia, nos resulta especialmente significativo abrir nuestra puertas a un elenco de actores venezolanos migrantes que suben al escenario de La Plaza para compartir sus vivencias.

Cerramos el año con Hamlet, una versión libre de la obra de William Shakespeare que estoy dirigiendo. Un grupo de actores con síndrome de down intentan redefinir Hamlet a partir de sus propias vidas. La obra se está construyendo en base a sus aportes y a partir de sus experiencias. El proyecto nace inspirado por Jaime Cruz, quien ha trabajado con nosotros en La Plaza durante tres años. Quizá les haya vendido un programa alguna vez. Como anfitrión, Jaime ha sido testigo del trabajo de muchos actores durante estos años y se ha proyectado a través de esas obras en este escenario. Es un gran placer incluirlo en nuestra programación de este año. Tradicionalemente, el peso del personaje principal recae en la figura icónica de un actor, nuestro Hamlet estará compuesto por ocho actores, ocho Hamlets. A través de este montaje buscamos romper mitos construidos alrededor del síndrome y replantear la gran pregunta que Hamlet formula frente a la existencia. ¿Ser o no ser? ¿Qué implica ser para personas que no encuentran espacios donde se los tome en cuenta?

Fuera de La Plaza montaremos 4 obras en un ciclo que hemos llamado La Plaza fuera de La Plaza: San Bartolo, un montaje basado en documentos y testimonios reales sobre los abusos del Sodalicio. Mucho ruido por nada, que nació como respuesta al rechazo del congreso a la unión civil y sigue apoyando la causa. El curioso incidente del perro a medianoche, que nos llevó al complejo universo del autismo y a la necesidad de abrazar las diferencias. El padre, que nos permitió hablar del ineludible paso del hombre a la vejez a través de un conmovedor personaje con Alzheimer, interpretado por Osvaldo Cattone. Estrenadas en esta sala, las cuatro obras fueron programadas por tocar temas relevantes, urgentes y necesarios. Hoy siguen teniendo la misma vigencia. La Plaza fuera de La Plaza nace con la intención de acercar los montajes a un nuevo público y continuar dialogando con nuestra comunidad.

– Chela De Ferrari, Directora artística de La Plaza

2019-04-29T20:30:38+00:001 enero, 2019|Yerma|