EL PRECIO PSICOLÓGICO DE LA MATERNIDAD

Las ideas y expectativas sobre la maternidad se nos inculcan desde que somos niñas. Nuestras familias, los medios de comunicación y el sistema social y político nos informan tempranamente sobre las expectativas que existen sobre nuestros cuerpos: taparlos, protegerlos, cuidarlos. Negar nuestro placer, ofrecer nuestros cuerpos a una pareja (hombre) que pueda brindarnos seguridad y protección, querer hijos, querer una familia, engendrarla, no abortar. Engendrar, parir, criar, cuidar. Desear el sexo no por placer propio, sino para el placer de la pareja (hombre), con el fin último de tener hijos. Dejar de ser deseables, envejecer, lentamente marchitarnos, dejar de menstruar, apagar el deseo. El ciclo vital resumido en los órganos de producción (reproducción).

Estos mensajes parecen estar sustentados en esa maravillosa diferenciación biológica que le permite al ser humano reproducirse sexualmente y que coloca a algunas personas en el altar de lo divino, puro y sagrado solo porque pueden expulsar a otro ser humano de entre sus piernas.

La maternidad parece ser ese factor que nos regresa a lo biológico, esa única variable contra la que no podemos luchar, que es inevitable por la potencialidad reproductiva que subyace a la opresión de las mujeres cisgénero y de quienes no son mujeres, pero que fueron socializados como tales. Bajo la posibilidad reproductiva corren ríos de argumentos sustentados en la ciencia, una ciencia enmascarada en objetividad irreductible, masculina.
Cualquier científico serio diría que existen miles de estudios que confirman que la maternidad y el deseo de engendrar está impregnado en nuestras conductas de manera evolutiva e inconsciente, porque es reflejo de nuestra posibilidad reproductiva de hembra humana, que nos impulsa desesperadamente a buscar un macho humano que nos asegure la perpetuidad de nuestros genes.

Esta suerte de “los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus” representaría el orden natural animal del que formamos parte como especie, y las mujeres, a pesar del feminismo, tendríamos que entender que nuestros cuerpos nos llaman a la reproducción, que todas esas cosas que nos hacen diferentes a los hombres son, en realidad, un privilegio: cualidades de ser mujer.

El problema es que la ciencia sobre las mujeres y la maternidad ha sido históricamente construida por varones, inmersa en sesgos e ideas sobre las experiencias de las mujeres que no tienen asidero con la realidad. No es raro, entonces, que el espacio que siempre se le designe a las mujeres es el de la reproducción, del cuidado y la crianza, y no el espacio público, la ciencia o la política. Debido a ello, un grupo de casi 300 mil científicas españolas1 realizaron una petición para que la maternidad no signifique un obstáculo en el avance en sus carreras, debido a que sus licencias de maternidad habían sido consideradas en su evaluación de desempeño. Este tipo de criterios no se le imponen a las evaluaciones de los hombres científicos.

Las mujeres que quieren ser madres, aquellas que no pueden serlo, aquellas que ya son madres, las que no quieren serlo, aquellos que no son mujeres pero fueron socializados como tales (como los hombres transgénero o personas de género no binario), las que son madres sin haber engendrado y quienes, teniendo úteros, abortaron, todos reconocemos bien los gestos, las frases, los clichés apurados, el tictac de los relojes, el señalamiento a nuestros cuerpos. La pregunta siempre es ¿cuándo?, nunca es ¿quieres? o ¿por qué?

En un estudio español, publicado en el libro Las mujeres hoy, de Laura Sagnier Delgado, se encontró que el 27% de las madres se sienten decepcionadas de la maternidad, y 9% se arrepentían de ser madres. Estas experiencias casi nunca salen a la luz porque es una sinrazón del discurso machista sobre la crianza y la maternidad, es antinatural y antibiológico.

¿Por qué una madre se arrepentiría de serlo? En un estudio disponible en la American Sociological Review, Kelly Musick, Ann Meier y Sarah Flood encontraron que las mujeres se sienten menos a gusto con la maternidad que los varones, debido a que reportan menos felicidad, más fatiga y más estrés, debido al tiempo que le asignan a la crianza y a las brechas que existen entre la participación del padre y de la madre. ¿Qué pasa con las mujeres, que parecen no aceptar su destino natural?

La idea de un instinto maternal inevitable es incompatible con la realidad: existen quienes eligen no ser madres, quienes no sienten ganas de cargar niños, cuidarlos, hacerles caras mientras pasan por la calle, quienes no sienten ternura con los memes de bebés recién nacidos o interés por los primeros pasos de sus sobrinos. La idea del instinto maternal solo “patologiza” a las mujeres que no quieren tener hijos (Jennifer Neal recopila importante información científica al respecto2). De hecho, los sentimientos asociados a los bebés o a la decisión de tener hijos dependen de las creencias “internalizadas” sobre el género y los roles sociales asignados a hombres y mujeres, según otro estudio de Brase, G. L., y Brase, S. L.3

El no tener hijos, por elección o por imposibilidad, tiene consecuencias sociales para las mujeres, siempre. La sociedad las castiga por no cumplir el rol que les ha sido asignado, les tiene lástima o les tiene odio, las ubica en el espacio de lo inadecuado.

Las esposas que no quieren o no pueden tener hijos debilitan el vínculo matrimonial, sustentado en la familia y la reproducción. Muchas acceden al embarazo por miedo a que las dejen, muchas deciden terminar relaciones o matrimonios; otras, quienes intentan y no pueden, sufren las consecuencias psicológicas de quien se culpa por no haber cumplido con la tarea asignada. Incluso, algunas sufren violencia, exclusión y estigmatización.

La infertilidad es una condición que impacta a cerca del 10–12% de las parejas. En algunas partes del mundo, el índice puede llegar hasta el 30%, pero no tiene el mismo impacto en hombres que en mujeres. Las consecuencias sociales y psicológicas para los hombres con infertilidad están asociadas al cuestionamiento de su virilidad, potencial sexual y hombría, lo que constituye el típico discurso machista que instiga a los hombres a determinar su valía masculina según su potencial sexual/reproductivo, lo que puede desencadenar en violencia.

En las mujeres, el impacto psicológico es mayor y el coste social de no cumplir con el rol de la maternidad las impacta y marca por el resto de su vida. Las mujeres que han pasado por esterilizaciones forzadas son un claro ejemplo de la violencia y discriminación que se ejerce contra las mujeres pobres, las indígenas, las que cuyos cuerpos, hijos y descendencia no son valorados.

Se nos inculca la maternidad y la crianza como actividades propias de nuestro ser biológico, pero las evidencias indican que estamos lejos de responder naturalmente a ello sin un coste social y psicológico. La imposición de la maternidad también es violencia de género.

1 https://www.lavanguardia.com/vida/20180921/451936800043/cientificas-maternidad-carrera-protesta-recogida-firmas.html
2 https://medium.com/@jenniferneal_39017/the-maternal-instinct-is-a-myth-and-weve-got-the-science-to-prove-it-de435786adbf
3 https://psycnet.apa.org/record/2011-18048-001

* Psicóloga, feminista y activista bisexual de Más igualdad Perú.