YERMA, EL TEATRO DE LOS LÍMITES

Yerma aguijonea al espectador: no deja a nadie indiferente. Su propuesta estética y ética nos desestabiliza, nos perturba. Es un desafío posicionarse frente a una obra de estas características, ya sea como lector, ya sea como espectador o incluso como especialista en teatro. Prueba de ello es la división que Yerma ha generado en la crítica especializada.
Usualmente se ofrecen lecturas enfrentadas con relación al acto final de la protagonista. Por un lado, se señala que Yerma es prisionera de su circunstancia rural-religiosa-conservadora y que el desenlace del drama expresa (paradójicamente, sin duda) una forma de interiorización límite de dicho entramado de mandatos socioculturales (por ejemplo, que el deseo sexual debe estar ligado a la procreación). Dentro de esta gama de interpretaciones, se suele indicar una lectura que no comparto: la psiquiatrización de la obra. No siento a Yerma como un personaje que presente un transtorno de tipo mental ni la imagino como una mujer que es víctima de un delirio. Percibo, más bien, que el autor de Poeta en Nueva York contribuye a visibilizar el impacto específico y diferenciado de dichos mandatos socioculturales en el sujeto femenino. En otras palabras, el núcleo dramático y el lenguaje simbólico de la obra (por ejemplo, las connotaciones de las flores y la tierra, asociadas a la alegría de la maternidad y a la infertilidad respectivamente) ponen en escena el modo en que dichas presiones sociales moldean los deseos y aspiraciones de las mujeres en particular y cómo ello entra en tensión con el desarrollo integral de la mujer.

Por otro lado, se ha propuesto que el resultado del encuentro final entre Yerma y su esposo implica una acto emancipador. De esta manera, Yerma estaría realizando un acto que corta la rueda de la dominación sobre el cuerpo de la mujer y sus derechos reproductivos. Su acto final, entonces, constituiría una potencial forma de liberación del dominio masculino. Ciertamente, aun cuando se afirme esta línea de lectura, se reconoce que también resulta paradójica y necesariamente parcial. Puede verse como un primer paso en el camino de la liberación, un modo de tomar las riendas de su vida, de buscar nuevas formas de canalizar sus deseos. Así, su acto final estaría inaugurando simbólicamente un tiempo nuevo, uno en el que las mujeres no se sientan exiliadas del mundo, un tiempo venidero que podríamos construir entre todos nosotros.

Dentro de estas dos grandes posibilidades de recepción de la obra, prefiero pensar que Yerma se sitúa en la orilla de lo inefable, de lo indecible: la puesta en escena de la obra crea un tiempo que irrumpe en la vida cotidiana del espectador e interrumpe nuestros sentidos comunes sobre la maternidad, aquellos que pesan decisivamente en nuestro imaginario colectivo y que afectan, de una u otra forma y en diversa medida, a todas las mujeres: la visión marianista, la imagen de que la madre debe sacrificarlo todo por sus hijos, de que es ella quien “por naturaleza” debe cuidarlos, el supuesto rol de la maternidad en la realización “plena” de la mujer, la idealización del alumbramiento, entre otras ideas preconcebidas. En estas coordenadas, siento que la sabiduría de Federico García Lorca es haber configurado una “obra abierta” a la multiplicidad de lecturas. No trata de imponer una u otra, sino que la obra culmina en una tensión que transmite afectos y sentidos que generan que el público irremediablemente cuestione la manera en la que vivimos atravesados por dichos mandatos sociales, especialmente en el caso de las mujeres.

Paralelamente, Yerma invoca otros ángulos de comprensión que recodifican el tema de la maternidad. Así, dicho drama también podría comprenderse a partir de una perspectiva simbólica. En este caso, la lectura más recurrente es aquella que sugiere que García Lorca está pensando la creación literaria o artística a partir de la problemática que enfrenta Yerma respecto de su posibilidad de ser madre. En esta línea, la pieza invita a pensar en la crisis de creación a partir del enigma de la (falta de) procreación. En otras palabras, el drama de la protagonista (la punzante incertidumbre en torno al hecho de que no puede tener hijos) se ha visto como una alegoría garcíalorquiana que problematiza el misterio de la creación estética. Los discursos y deseos que conflictúan a Yerma corresponderían simbólicamente a las fuerzas secretas, a veces dolorosamente incontrolables e indeterminadas, que afectan a quienes crean ficciones. Por ejemplo, Yerma podría simbolizar al artista en medio de una crisis existencial-estética, a aquel autor o autora que atraviesa una etapa de esterilidad creativa, y que, por ello, no consigue crear una pieza u obra genial (del mismo modo que Yerma no consigue el hijo que tanto desea). Ella sería el símbolo de un artista que experimenta una situación límite, la cual cuestiona su propia existencia como sujeto.

Veo allí otro aspecto esencial que revela la vigencia de la obra: en un mundo como el actual en el que predominan las obras que buscan conectarse con los discursos más “modernos” del presente (por ejemplo, los simulacros, la estética digital, etc.), García Lorca apunta que también es posible hacer obras que perdurarán en la historia cultural, si establecemos un nutritivo diálogo con la tradición literaria y, en particular, con las tradiciones populares (tal como él hizo cuando bebió de la fuente del romancero medieval y de la tradición andaluza para crear poemarios como Romancero gitano –publicado en 1928– y Poema del cante jondo –escrito en 1921, pero publicado diez años después-). Desde este punto de vista, los cantos de las lavanderas en Yerma constituyen una fuente otra, alternativa, capaz de transmitir saberes/poderes renovadores y plenos de sentido a quienes estén dispuestos a escuchar dichas voces del pueblo. Tal vez, si abrimos nuestra perspectiva, como hace García Lorca, podemos encontrar en ellas las claves para vencer los muros invisibles que oprimen a hombres y, en especial, a las mujeres, en nuestra sociedad.

* University of California, Berkeley