HOMBRES QUE ESCRIBEN SOBRE MUJERES

¿Por qué escribes sobre mujeres?
El otro es el espejo donde se evidencian mis tensiones y falencias. La imagen de la mujer refleja mis propias tensiones, falencias y condicionamientos. Y resuelvo a través de esta imagen, o desanudo estos nudos. Lo masculino está demasiado cerca de mí como para poder desanudar eso. Entonces, lo femenino me da la libertad de poder abrir nuevos horizontes sin estar sujeto por la vía de mis condicionamientos. Me abre un campo de posibilidades infinitas que como hombre no me permito. Y a través de esos viajes, a espacios y ámbitos desconocidos, a través del cuerpo, voz y mente de la mujer me permito reconocerme como un ser humano no dual.

Tradicionalmente, los personajes masculinos son activos y los femeninos, pasivos. ¿Es siempre así?
El ser depositario de las aspiraciones de los hombres y reaccionar frente a eso parece que no es ser. Mira lo que hace La cautiva en algún momento, se levanta y dice: “Que empiece la fiesta, vamos a festejar, yo soy la ofrenda, solo quieren ser felices, solo quieren ser felices”. Abre conceptualmente un horizonte, cataliza lo divino y lo profano. Esa actitud, para mí, refleja profundísima ecuanimidad. La barbarie no la juzga, trasciende la visión dual, deja de ser objeto para convertirse en ofrenda. Entonces, eso es una acción concreta. No es víctima, se convierte, ella se ofrece al final. No como un acto de compasión típico femenino sino como un acto de liberación porque ya no teme. Entonces, eso, a mi entender, eso es acción. Eso es un proceso mental, es un proceso emocional, pero que no es típico o lo que uno espera como acción en los hombres.

¿Por qué un hombre escribe sobre mujeres? Tú y yo hemos hablado de esta figura del autor como la cabeza omnisapiente que puede hablar de todo y de todos.
En realidad, yo no le estoy dando voz a las mujeres. Yo estoy descubriendo el mundo a través de la mujer, no estoy hablando por una mujer. Tengo profundo interés por hablar con el otro, con la mujer. Y cuando hablo en Savia de los bora, los murui, no estoy hablando por ellos. Hablo con ellos, con todas las falencias y limitaciones que eso tiene, pero no me considero ni un portavoz de las mujeres, ni un evangelizador de mujeres, ni nada por el estilo. ¿Cómo podría y para qué? Si las mujeres tienen su propia voz.

¿Qué quiere Lorca representar en Yerma? ¿Qué ves tú en las obras de Lorca?
Lo que veo yo es que el síntoma de una sociedad oprimida es la observación del comportamiento de lo que se consideran minorías. Tú ves la salud de una sociedad y mira a quién se le considera minoría, porque a las mujeres se les trata como minoría, ¿no es cierto? ¿A quién se le trata como minoría? Y puedes hacer un buen diagnóstico de la salud de una sociedad. Reflexionar sobre la mujer es importante en una sociedad en tantos aspectos quebrada como la nuestra.

¿Cómo te acercas tú a esos otros, a esa otra que es la mujer? ¿Cómo podríamos —desde tu experiencia de escritor— leer o ver Yerma, que es una mujer escrita por un hombre?
Aproximándose con respeto y preguntando con respeto. Y que la agenda no sea la exaltación de tu propio conocimiento, sino la exaltación del conocimiento por el conocimiento. Uno tiene que despojarse de su ambición egocéntrica en la medida de las posibilidades y realmente hacer lo posible por escuchar al otro. Entonces, si mi protagonista es mujer, converso con mujeres y dejo que me guíen, que me asesoren y enseñen. Es el caso de Sadhaka, Savia, La cautiva o Investida, que es la obra que estoy escribiendo. Rodéate y perméate de las personas adecuadas. No es perfecto, esa unidad que uno infantilmente aspira no se va a dar. Por más que quiera, no voy a poder, o sea, las diferencias van a estar ahí, los privilegios van a estar ahí, pero creo que es mucho peor no intentarlo. Hemos hablado muchas veces nosotros sobre como aquellos seres humanos privilegiados al querer empatizar con sectores oprimidos, al final desplazamos la visibilización del oprimido. Tengo que asumir la responsabilidad de eso, no puedo ser ingenuo.

¿Qué errores garrafales encuentras cuando se intenta representar vivencias ajenas? O sea, cuando un blanco escribe sobre afros, cuando un hombre escribe sobre mujeres, cuando una clase media escribe sobre pobres. No son temas prohibidos, pero hay una forma, como tú mismo dices, de aproximarse a esos temas.
Uno de los primeros síntomas es cuando no escucho la voz del otro. Esto lo conversamos con Sebastián Eddowes. Cuando sigo escuchando en la obra la voz de una persona blanca de cincuenta años y sigo escuchando esa voz en su dicción y su construcción. Después, cuando el autor es más importante que aquello que hacemos, cuando mencionan primero al autor y después al otro, es un síntoma horrible. Eso es un tema que a mí me jode, es delicado, porque es como si vivieras el sufrimiento ajeno, es algo que no tengo resuelto.

¿Lorca veía lo mismo que ve Yerma?
Por supuesto. A veces encuentro puntos de coincidencia mayores con aquellos sobre los que escribo y con los que me encuentro, que con, supuestamente, aquel medio social del cual vengo. Son la puerta de escape a mi propia alienación. Muchas veces en mi vida he visto en esos otros un refugio, lo suficientemente apacible para querer morar en él. No estoy haciendo una idealización, porque conocer también implica no idealizar. O sea, cuando hablo de lo de los bora, los murui, no hay una idealización sobre ellos, son seres humanos, pero, sin embargo, sí tenían formas y usos con los cuales yo me sentía profundamente identificado y ciertas transmisiones que son parte de mi educación, de mi formación, pero no dejan de ser seres humanos, no hay ninguna especie de paraíso donde ellos moran.

Ese sería otro error.
¡Totalmente! Esa idealización, el paternalismo también es asqueroso, o depositar toda la sabiduría en el otro. Luego también hablamos de la culpa, de esa white guilt, de esa culpa blanca. Entonces, ahí no estás conversando, estás generando tus propias proyecciones, ahí no estás descubriendo al otro, simplemente estás expiando. Estás poniendo moneditas en la lata de limosna, ¿no? O sea, el white guilt, el paternalismo, la idealización, el ver su visión como solución absoluta, es totalmente onanista.

*Dramaturgista de La Plaza
**Dramaturgo y dramaturgista de La Plaza