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El precio psicológico de la maternidad

De: Alexandra Hernández
Publicado: 23 de abril 2019

Las ideas y expectativas sobre la maternidad se nos inculcan desde que somos niñas. Nuestras familias, los medios de comunicación y el sistema social y político nos informan tempranamente sobre las expectativas que existen sobre nuestros cuerpos: taparlos, protegerlos, cuidarlos. Negar nuestro placer, ofrecer nuestros cuerpos a una pareja (hombre) que pueda brindarnos seguridad y protección, querer hijos, querer una familia, engendrarla, no abortar. Engendrar, parir, criar, cuidar. Desear el sexo no por placer propio, sino para el placer de la pareja (hombre), con el fin último de tener hijos. Dejar de ser deseables, envejecer, lentamente marchitarnos, dejar de menstruar, apagar el deseo. El ciclo vital resumido en los órganos de producción (reproducción).

Estos mensajes parecen estar sustentados en esa maravillosa diferenciación biológica que le permite al ser humano reproducirse sexualmente y que coloca a algunas personas en el altar de lo divino, puro y sagrado solo porque pueden expulsar a otro ser humano de entre sus piernas.

La maternidad parece ser ese factor que nos regresa a lo biológico, esa única variable contra la que no podemos luchar, que es inevitable por la potencialidad reproductiva que subyace a la opresión de las mujeres cisgénero y de quienes no son mujeres, pero que fueron socializados como tales. Bajo la posibilidad reproductiva corren ríos de argumentos sustentados en la ciencia, una ciencia enmascarada en objetividad irreductible, masculina.
Cualquier científico serio diría que existen miles de estudios que confirman que la maternidad y el deseo de engendrar está impregnado en nuestras conductas de manera evolutiva e inconsciente, porque es reflejo de nuestra posibilidad reproductiva de hembra humana, que nos impulsa desesperadamente a buscar un macho humano que nos asegure la perpetuidad de nuestros genes.

Esta suerte de “los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus” representaría el orden natural animal del que formamos parte como especie, y las mujeres, a pesar del feminismo, tendríamos que entender que nuestros cuerpos nos llaman a la reproducción, que todas esas cosas que nos hacen diferentes a los hombres son, en realidad, un privilegio: cualidades de ser mujer.

El problema es que la ciencia sobre las mujeres y la maternidad ha sido históricamente construida por varones, inmersa en sesgos e ideas sobre las experiencias de las mujeres que no tienen asidero con la realidad. No es raro, entonces, que el espacio que siempre se le designe a las mujeres es el de la reproducción, del cuidado y la crianza, y no el espacio público, la ciencia o la política. Debido a ello, un grupo de casi 300 mil científicas españolas1 realizaron una petición para que la maternidad no signifique un obstáculo en el avance en sus carreras, debido a que sus licencias de maternidad habían sido consideradas en su evaluación de desempeño. Este tipo de criterios no se le imponen a las evaluaciones de los hombres científicos.

Las mujeres que quieren ser madres, aquellas que no pueden serlo, aquellas que ya son madres, las que no quieren serlo, aquellos que no son mujeres pero fueron socializados como tales (como los hombres transgénero o personas de género no binario), las que son madres sin haber engendrado y quienes, teniendo úteros, abortaron, todos reconocemos bien los gestos, las frases, los clichés apurados, el tictac de los relojes, el señalamiento a nuestros cuerpos. La pregunta siempre es ¿cuándo?, nunca es ¿quieres? o ¿por qué?

En un estudio español, publicado en el libro Las mujeres hoy, de Laura Sagnier Delgado, se encontró que el 27% de las madres se sienten decepcionadas de la maternidad, y 9% se arrepentían de ser madres. Estas experiencias casi nunca salen a la luz porque es una sinrazón del discurso machista sobre la crianza y la maternidad, es antinatural y antibiológico.

¿Por qué una madre se arrepentiría de serlo? En un estudio disponible en la American Sociological Review, Kelly Musick, Ann Meier y Sarah Flood encontraron que las mujeres se sienten menos a gusto con la maternidad que los varones, debido a que reportan menos felicidad, más fatiga y más estrés, debido al tiempo que le asignan a la crianza y a las brechas que existen entre la participación del padre y de la madre. ¿Qué pasa con las mujeres, que parecen no aceptar su destino natural?

La idea de un instinto maternal inevitable es incompatible con la realidad: existen quienes eligen no ser madres, quienes no sienten ganas de cargar niños, cuidarlos, hacerles caras mientras pasan por la calle, quienes no sienten ternura con los memes de bebés recién nacidos o interés por los primeros pasos de sus sobrinos. La idea del instinto maternal solo “patologiza” a las mujeres que no quieren tener hijos (Jennifer Neal recopila importante información científica al respecto2). De hecho, los sentimientos asociados a los bebés o a la decisión de tener hijos dependen de las creencias “internalizadas” sobre el género y los roles sociales asignados a hombres y mujeres, según otro estudio de Brase, G. L., y Brase, S. L.3

El no tener hijos, por elección o por imposibilidad, tiene consecuencias sociales para las mujeres, siempre. La sociedad las castiga por no cumplir el rol que les ha sido asignado, les tiene lástima o les tiene odio, las ubica en el espacio de lo inadecuado.

Las esposas que no quieren o no pueden tener hijos debilitan el vínculo matrimonial, sustentado en la familia y la reproducción. Muchas acceden al embarazo por miedo a que las dejen, muchas deciden terminar relaciones o matrimonios; otras, quienes intentan y no pueden, sufren las consecuencias psicológicas de quien se culpa por no haber cumplido con la tarea asignada. Incluso, algunas sufren violencia, exclusión y estigmatización.

La infertilidad es una condición que impacta a cerca del 10–12% de las parejas. En algunas partes del mundo, el índice puede llegar hasta el 30%, pero no tiene el mismo impacto en hombres que en mujeres. Las consecuencias sociales y psicológicas para los hombres con infertilidad están asociadas al cuestionamiento de su virilidad, potencial sexual y hombría, lo que constituye el típico discurso machista que instiga a los hombres a determinar su valía masculina según su potencial sexual/reproductivo, lo que puede desencadenar en violencia.

En las mujeres, el impacto psicológico es mayor y el coste social de no cumplir con el rol de la maternidad las impacta y marca por el resto de su vida. Las mujeres que han pasado por esterilizaciones forzadas son un claro ejemplo de la violencia y discriminación que se ejerce contra las mujeres pobres, las indígenas, las que cuyos cuerpos, hijos y descendencia no son valorados.

Se nos inculca la maternidad y la crianza como actividades propias de nuestro ser biológico, pero las evidencias indican que estamos lejos de responder naturalmente a ello sin un coste social y psicológico. La imposición de la maternidad también es violencia de género.

1 https://www.lavanguardia.com/vida/20180921/451936800043/cientificas-maternidad-carrera-protesta-recogida-firmas.html
2 https://medium.com/@jenniferneal_39017/the-maternal-instinct-is-a-myth-and-weve-got-the-science-to-prove-it-de435786adbf
3 https://psycnet.apa.org/record/2011-18048-001

* Psicóloga, feminista y activista bisexual de Más igualdad Perú.

2019-04-29T22:06:23+00:0023 abril, 2019|Yerma|

Yerma en teatro de los limites

De: Victor Quiroz
Publicado: 9 de abril 2019

Yerma aguijonea al espectador: no deja a nadie indiferente. Su propuesta estética y ética nos desestabiliza, nos perturba. Es un desafío posicionarse frente a una obra de estas características, ya sea como lector, ya sea como espectador o incluso como especialista en teatro. Prueba de ello es la división que Yerma ha generado en la crítica especializada.
Usualmente se ofrecen lecturas enfrentadas con relación al acto final de la protagonista. Por un lado, se señala que Yerma es prisionera de su circunstancia rural-religiosa-conservadora y que el desenlace del drama expresa (paradójicamente, sin duda) una forma de interiorización límite de dicho entramado de mandatos socioculturales (por ejemplo, que el deseo sexual debe estar ligado a la procreación). Dentro de esta gama de interpretaciones, se suele indicar una lectura que no comparto: la psiquiatrización de la obra. No siento a Yerma como un personaje que presente un transtorno de tipo mental ni la imagino como una mujer que es víctima de un delirio. Percibo, más bien, que el autor de Poeta en Nueva York contribuye a visibilizar el impacto específico y diferenciado de dichos mandatos socioculturales en el sujeto femenino. En otras palabras, el núcleo dramático y el lenguaje simbólico de la obra (por ejemplo, las connotaciones de las flores y la tierra, asociadas a la alegría de la maternidad y a la infertilidad respectivamente) ponen en escena el modo en que dichas presiones sociales moldean los deseos y aspiraciones de las mujeres en particular y cómo ello entra en tensión con el desarrollo integral de la mujer.

Por otro lado, se ha propuesto que el resultado del encuentro final entre Yerma y su esposo implica una acto emancipador. De esta manera, Yerma estaría realizando un acto que corta la rueda de la dominación sobre el cuerpo de la mujer y sus derechos reproductivos. Su acto final, entonces, constituiría una potencial forma de liberación del dominio masculino. Ciertamente, aun cuando se afirme esta línea de lectura, se reconoce que también resulta paradójica y necesariamente parcial. Puede verse como un primer paso en el camino de la liberación, un modo de tomar las riendas de su vida, de buscar nuevas formas de canalizar sus deseos. Así, su acto final estaría inaugurando simbólicamente un tiempo nuevo, uno en el que las mujeres no se sientan exiliadas del mundo, un tiempo venidero que podríamos construir entre todos nosotros.

Dentro de estas dos grandes posibilidades de recepción de la obra, prefiero pensar que Yerma se sitúa en la orilla de lo inefable, de lo indecible: la puesta en escena de la obra crea un tiempo que irrumpe en la vida cotidiana del espectador e interrumpe nuestros sentidos comunes sobre la maternidad, aquellos que pesan decisivamente en nuestro imaginario colectivo y que afectan, de una u otra forma y en diversa medida, a todas las mujeres: la visión marianista, la imagen de que la madre debe sacrificarlo todo por sus hijos, de que es ella quien “por naturaleza” debe cuidarlos, el supuesto rol de la maternidad en la realización “plena” de la mujer, la idealización del alumbramiento, entre otras ideas preconcebidas. En estas coordenadas, siento que la sabiduría de Federico García Lorca es haber configurado una “obra abierta” a la multiplicidad de lecturas. No trata de imponer una u otra, sino que la obra culmina en una tensión que transmite afectos y sentidos que generan que el público irremediablemente cuestione la manera en la que vivimos atravesados por dichos mandatos sociales, especialmente en el caso de las mujeres.

Paralelamente, Yerma invoca otros ángulos de comprensión que recodifican el tema de la maternidad. Así, dicho drama también podría comprenderse a partir de una perspectiva simbólica. En este caso, la lectura más recurrente es aquella que sugiere que García Lorca está pensando la creación literaria o artística a partir de la problemática que enfrenta Yerma respecto de su posibilidad de ser madre. En esta línea, la pieza invita a pensar en la crisis de creación a partir del enigma de la (falta de) procreación. En otras palabras, el drama de la protagonista (la punzante incertidumbre en torno al hecho de que no puede tener hijos) se ha visto como una alegoría garcíalorquiana que problematiza el misterio de la creación estética. Los discursos y deseos que conflictúan a Yerma corresponderían simbólicamente a las fuerzas secretas, a veces dolorosamente incontrolables e indeterminadas, que afectan a quienes crean ficciones. Por ejemplo, Yerma podría simbolizar al artista en medio de una crisis existencial-estética, a aquel autor o autora que atraviesa una etapa de esterilidad creativa, y que, por ello, no consigue crear una pieza u obra genial (del mismo modo que Yerma no consigue el hijo que tanto desea). Ella sería el símbolo de un artista que experimenta una situación límite, la cual cuestiona su propia existencia como sujeto.

Veo allí otro aspecto esencial que revela la vigencia de la obra: en un mundo como el actual en el que predominan las obras que buscan conectarse con los discursos más “modernos” del presente (por ejemplo, los simulacros, la estética digital, etc.), García Lorca apunta que también es posible hacer obras que perdurarán en la historia cultural, si establecemos un nutritivo diálogo con la tradición literaria y, en particular, con las tradiciones populares (tal como él hizo cuando bebió de la fuente del romancero medieval y de la tradición andaluza para crear poemarios como Romancero gitano –publicado en 1928– y Poema del cante jondo –escrito en 1921, pero publicado diez años después-). Desde este punto de vista, los cantos de las lavanderas en Yerma constituyen una fuente otra, alternativa, capaz de transmitir saberes/poderes renovadores y plenos de sentido a quienes estén dispuestos a escuchar dichas voces del pueblo. Tal vez, si abrimos nuestra perspectiva, como hace García Lorca, podemos encontrar en ellas las claves para vencer los muros invisibles que oprimen a hombres y, en especial, a las mujeres, en nuestra sociedad.

* University of California, Berkeley

2019-04-29T20:49:26+00:009 abril, 2019|Yerma|

Un gran episodio onírico

De: Regina Limo
Publicado: 12 de abril 2019

Entrevista de Regina Limo a Nishme Súmar y Telmo Arévalo

¿Por qué hacer Yerma en el 2019 cuando es una obra de 1934?
Nishme: Yerma es de la preguerra civil española, una época de conservadurismo muy fuerte, de represión contra la mujer por la iglesia católica y el machismo. Nos horroriza que muchas cosas no hayan cambiado y se mantengan. La diferencia es que ahora buscamos reivindicar el lugar de la mujer en sociedad. Las mujeres seguimos luchando contra esta maldición de que se defina nuestra identidad por ser madres, Incluso las personas que tienen un pensamiento más progresista lidian con esas luchas intensamente.

¿Qué le propusieron al elenco?
Nishme: Con el elenco nos hemos preguntado desde qué lugar queremos hablar de esto, cuál es la posición de la mujer hoy, cómo se sienten respecto a la maternidad. Hemos hablado del machismo en el ámbito familiar, en la sociedad, y creo que todavía nos seguimos cuestionando desde qué lugar queremos contar esta historia.

Telmo: Lo interesante de habernos acercado a los actores es cómo problematizar la misma historia de Yerma, ¿no? Querer tener un hijo puede ir en contra de las luchas actuales, pero dialoga totalmente con este feminismo actual. Hemos conversado con los actores para que problematicemos el sentido de querer ser madre en nuestra actualidad.

¿Qué lecturas del texto proponen?
Nishme: Es un texto en verso, que contiene tanta poesía, trabaja con muchas imágenes, absolutamente simbolista. A través del cuerpo podemos generar otro nivel de lectura. Además, Lorca plantea situaciones extremas. Son personajes exacerbados, con las emociones a flor de piel. Necesitábamos que los actores encontrasen impulsos desde su cuerpo, que construyeran imágenes desde la composición física. Y que el universo sonoro que construimos naciese también del cuerpo, para que pudiera sumar a este mundo de sensorialidad que plantea el autor.

Telmo: Hay un personaje importante para nosotros: las mujeres lavanderas. Se convirtieron en una oportunidad de movimiento colectivo interesante.

Nishme: Creo que, si no hubiéramos atravesado por este trabajo físico, corríamos el riesgo de quedarnos como una lectura unidimensional de estos personajes, pero lo que ha ocurrido es que hemos contestado algunas preguntas que teníamos, como desde qué lugar hablan estas mujeres, qué hay detrás de ellas, de qué es herencia ese discurso. ¿Por quién están hablando? Y no son personajes coherentes, son personajes, más bien, absolutamente humanos en toda su complejidad, y creo que eso nos lo ha dado el trabajo de cuerpo con mucha más profundidad, porque es muy distinto a que esas reflexiones surjan sentados en una mesa o analizando el texto. El inconsciente también ha aflorado a través del uso del cuerpo y de la voz.

¿Cómo ha sido el proceso de trabajo de este texto? ¿Cómo han trabajado con el elenco?
Nishme: Lo primero para mí fue identificar qué es lo que me conecta con esta historia hoy. Me refiero, específicamente, al universo que quiero generar. Ese es el primer paso que tiene que ver con un momento de mucha intimidad en donde conecto con cosas personales.

Telmo: Siempre regresamos al primer impulso. Tenemos varias notas de hace meses que ahora estamos recuperando, por ejemplo, y vienen a salvarnos la vida después de cinco meses de haber conversado, de haber anotado cosas. El proceso es cíclico. Partes de un primer impulso y te acercas al texto.

Nishme: Ambos sentimos que todo era un sueño de esta mujer, un gran episodio onírico. Esto nos daba la posibilidad de darle otra lectura. Es decir, sacar a las lavanderas y a la misma Yerma del lugar común, buscar otras formas de expresión. Los sueños tienen otro tiempo y otros códigos. Tenemos una lectura particular de la realidad por lo visual, por lo sonoro. Bajo ese punto de vista hemos abordado el cásting para seleccionar a las actrices: explorar desde el cuerpo, desde la voz, desde el sonido. Convocamos a bailarinas, a músicas, y descubrimos gente con muchísimo talento. Siempre decimos en los ensayos: “Hay que jugar como si tuviésemos doce años”. ¿Cómo haría un niño, cómo jugaría un grupo de niños a construir ese momento, cómo lavarían las lavanderas de este mundo que estamos creando? ¿Lavarían realistamente o utilizarían las prendas de una manera no cotidiana? Ese ha sido nuestro juego, como si estuviéramos en un sueño y en una pesadilla por momentos.

Telmo: Y siempre ha venido a salvarnos, ¿no? Regresar a ese eje cuando estábamos perdidos ha sido una constante en el proceso.

Nishme: Queremos que el espectador se introduzca en la cabeza de Yerma, que pueda entender la realidad tal como ella la está viviendo. Una mujer que, estando en una situación de opresión, decide levantar la voz, buscar su libertad, luchar por su deseo. Es un viaje precioso de iniciación de una mujer. Es el arquetipo del héroe total. Por eso, la hemos ubicado en este viaje de camino del héroe, de iniciación, búsqueda y aprendizajes. Y en ese viaje, nos hace un montón de preguntas. El texto nos ha confrontado, incomodado y horrorizado por lo cercano a nuestra realidad. Nos ha conmovido por la belleza de las palabras, todo al mismo tiempo. Es muy intenso como Lorca. Un caballo galopante.

¿Cómo se prepararon las actrices y qué aportaron?
Telmo: Ellas nos ayudan a generar dramaturgia en escena ya que también hay una tensión creativa con ellas. Están creando e interpelando el texto con nosotros. Paramos, a veces, en los ensayos: “No puedo creer que haya dicho esto” o “A mí me pasó algo así”. Y es parte de la creación.

Nishme: Se han horrorizado al tiempo que se han preguntado qué tan cerca están de sus personajes o de haber vivido una situación de machismo con familiares o con sus parejas: esta lavandera dice esto porque ha aprendido esto y lo otro. Buscamos entender para qué ejercen ese rol respecto a Yerma, por qué la agresión. Y muchas identificaban que era por protección, para no sufrir una agresión. Una de las cualidades más importantes del teatro de Lorca es precisamente la complejidad que le otorga a sus personajes. Con Yerma, el gran reto que tendremos toda la temporada es reconstruir ese deseo, de dónde viene, qué es el hijo, qué significa el hijo para ella. No sé si tenemos ya una respuesta cerrada, concreta, supongo que cada espectador también va a tener una lectura particular.

2019-04-29T20:35:07+00:002 abril, 2019|Yerma|

Para seguir hablando

De: Chela de Ferrari
Publicado: 1 de enero 2019

Este año presentamos tres clásicos de distintas épocas, adaptados a la actualidad, para seguir hablando de lo que nos preocupa. Tres obras que tratan sobre comportamientos y prejuicios que impiden el acercamiento con el otro.

Iniciamos el año con Yerma, una de las obras más celebradas de Federico García Lorca, dirigida por Nishme Súmar. Consciente del valor que tiene el universo poético de Lorca, la directora asume el reto de adaptar la obra sin modificar el texto original. El lugar donde coloca la cámara es gravitante para sumergirnos en su propuesta. La obra se cuenta desde la psique de Yerma, una mujer que busca un hijo que no llega. A través de este ejercicio invita al espectador, a hombres y mujeres, a entrar en la psicología de una mujer cuyos deseos chocan con los comportamientos y prejuicios de la sociedad en la que se desenvuelve. La directora crea un universo simbólico que busca desmantelar la romantización que existe en torno a la maternidad. La propuesta cobra especial vigencia ante el surgimiento de una organización como Con mis hijos no te metas, que pretenden definir a las parejas, y sobre todo a las mujeres, por su capacidad reproductiva. Un clásico que nos cuestiona hoy desde qué lugar escuchamos la voz de las mujeres en esta coyuntura de violencia estructural en la que siguen luchando por el derecho a decidir sobre sus vidas y cuerpos.

Seguimos con Electra, inspirada en los clásicos griegos, escrita y dirigida por Alejandro Clavier. Nos centramos en la historia de una familia. El padre ha sido asesinado y los personajes lo recuerdan desde perspectivas distintas. La Orestiada, trilogía de Esquilo donde se enmarca Electra, fue escrita en el contexto del cambio que hizo la sociedad griega al sistema judicial, por el que el pueblo entrega al tirano la facultad de decidir las leyes y las sanciones a quienes rompan ese orden. Ponemos en manos de Alejandro Clavier, director peruano venezolano, el reto de una adaptación que encuentre puntos de contacto entre la realidad de la politica venezolana, la que vivimos en nuestro país a partir de la inmigración, y la obra. En medio del actual contexto de creciente xenofobia, nos resulta especialmente significativo abrir nuestra puertas a un elenco de actores venezolanos migrantes que suben al escenario de La Plaza para compartir sus vivencias.

Cerramos el año con Hamlet, una versión libre de la obra de William Shakespeare que estoy dirigiendo. Un grupo de actores con síndrome de down intentan redefinir Hamlet a partir de sus propias vidas. La obra se está construyendo en base a sus aportes y a partir de sus experiencias. El proyecto nace inspirado por Jaime Cruz, quien ha trabajado con nosotros en La Plaza durante tres años. Quizá les haya vendido un programa alguna vez. Como anfitrión, Jaime ha sido testigo del trabajo de muchos actores durante estos años y se ha proyectado a través de esas obras en este escenario. Es un gran placer incluirlo en nuestra programación de este año. Tradicionalemente, el peso del personaje principal recae en la figura icónica de un actor, nuestro Hamlet estará compuesto por ocho actores, ocho Hamlets. A través de este montaje buscamos romper mitos construidos alrededor del síndrome y replantear la gran pregunta que Hamlet formula frente a la existencia. ¿Ser o no ser? ¿Qué implica ser para personas que no encuentran espacios donde se los tome en cuenta?

Fuera de La Plaza montaremos 4 obras en un ciclo que hemos llamado La Plaza fuera de La Plaza: San Bartolo, un montaje basado en documentos y testimonios reales sobre los abusos del Sodalicio. Mucho ruido por nada, que nació como respuesta al rechazo del congreso a la unión civil y sigue apoyando la causa. El curioso incidente del perro a medianoche, que nos llevó al complejo universo del autismo y a la necesidad de abrazar las diferencias. El padre, que nos permitió hablar del ineludible paso del hombre a la vejez a través de un conmovedor personaje con Alzheimer, interpretado por Osvaldo Cattone. Estrenadas en esta sala, las cuatro obras fueron programadas por tocar temas relevantes, urgentes y necesarios. Hoy siguen teniendo la misma vigencia. La Plaza fuera de La Plaza nace con la intención de acercar los montajes a un nuevo público y continuar dialogando con nuestra comunidad.

– Chela De Ferrari, Directora artística de La Plaza

2019-04-29T20:30:38+00:001 enero, 2019|Yerma|