LA PARADOJA DEL DICTADOR

Pues el tiempo es un dios de fáciles salidas.
Sófocles (Electra)

Latinoamérica ha sido, durante el siglo XX, un territorio gobernado por dictaduras de toda laya, con escasas intermitencias democráticas. Frágiles, por cierto. En esta centuria la situación ha variado, pero la “peste autoritaria”, como la llamaba Octavio Paz, continúa vigente, mutante, agazapada. Esta persistencia de la pulsión caudillista, tiene explicaciones históricas y políticas, así como económicas, no cabe duda. Pero acaso hay algo más que no es exclusivo de los latinoamericanos. Algo inherente a la condición humana.

En 1548, Étienne de la Boétie (¡cuando solo tenía 18 años!) escribió su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra uno. Se trata de un breve ensayo contra el absolutismo que, dos siglos antes que Hegel, planteaba la paradoja del amo y el esclavo: “De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que solo puede molestarlos mientras quieran soportarlo; que solo sabe dañarlos mientras prefieran sufrirlo que contradecirle.”

El autor no responde a su interrogante, el cual nos deja como un enigma que nos interpela a través del tiempo. En Latinoamérica, esto ha dado lugar a lo que bien podría llamarse un género novelístico: los relatos sobre dictadores. Conversación en La Catedral (1969) y La Fiesta del Chivo (2000) de Mario Vargas Llosa. El primero se desarrolla bajo la dictadura del peruano Manuel Odría, el segundo bajo la del dominicano Rafael Leonidas Trujillo, que es acaso el que mejor encarna la imagen freudiano-darwinista del padre de la horda primitiva, asesinado y devorado por los hermanos. En este siglo, Junot Díaz, un joven escritor dominicano radicado en los EE.UU., logró un éxito considerable de crítica y público con La breve y maravillosa vida de Oscar Wao, premio Pulitzer 2008, escrito en inglés, y cuya acción tiene lugar igualmente en la época de Trujillo. El paraguayo Augusto Roa Bastos publicó Yo el Supremo en 1974, a propósito de Gaspar Rodríguez de Francia y, el mismo año, el cubano Alejo Carpentier nos ofreció El recurso del método, en el que, a diferencia de las novelas antes citadas, se combinan las figuras de diferentes dictadores. Finalmente mencionemos El otoño del patriarca (1975), donde Gabriel García Márquez, en la línea de Carpentier, pero esta vez en un Caribe de ficción, propone, en una suerte de prolongado poema en prosa, un paradigma del dictador latinoamericano.

La novela del dictador puede ser considerada un subgénero narrativo de la novela total. Este subgénero corresponde a un tiempo determinado, por la constante histórica del caudillismo en plena situación poscolonial. Del mismo modo que hemos visto la extinción progresiva de las juntas militares o sus sucedáneos civiles –como los gobiernos de Alberto Fujimori en el Perú–, hemos asistido a la gradual desaparición de ese tipo de producción literaria, con reapariciones esporádicas pero bajo otro esquema. La citada novela de Junot Díaz, que hace alternar América Central y el verdadero centro del poder en América, los EE.UU., donde reside el autor, es uno de esos casos. En esa novela, el pasado de las dictaduras es integrado al presente de la inmigración latina, una inmigración forzada, motivada menos por razones políticas que por necesidades económicas de supervivencia.

¿De qué manera los cambios históricos y culturales profundos afectan nuestra subjetividad? ¿En qué estado -con toda la ambigüedad de la pregunta- se encuentra hoy ese totalitarismo antes omnipresente, tanto en la política como en nuestra intimidad?

En una apasionante historia social y cultural del psicoanálisis, Eli Zaretzki# sostiene que la disyunción entre el individuo y la sociedad es el terreno sobre el cual el psicoanálisis ha construido sus teorías y practicado su terapia. Esta disciplina, afirma, ha sido “el calvinismo de ese deslizamiento”. Desde nuestra perspectiva latinoamericana, la mirada de Zaretski aparece, sin embargo, netamente occidental o, si se quiere, “primer-mundista”. Esto parece deberse primordialmente al desfase entre nuestras regiones y el Viejo Mundo. Así, en el Perú, por ejemplo, es solo a fines del siglo XX, cuando las dictaduras se extinguen, que la novela total, incluyendo el subgénero de la novela del dictador, cede su lugar a otros subgéneros, casi inexistentes hasta entonces: el diario íntimo y la confesión, en particular.

La novela total –a fortiori la “novela del dictador” –, en su desafío, su provocación de la realidad, pone en tensión los límites entre la omnipotencia infantil, el yo ideal y la sublimación. Como en el narcisismo primario del lactante, o en los delirios psicóticos, el narrador puede aquí jugar, en espacios con fronteras erosionadas, entre el poder, la dictadura y la literatura, permitiéndose impunemente todo tipo de experiencias con sus fantasmas. Es entonces que el escritor enfrenta con su revuelta a la autoridad, no solamente a la del tirano, a la del padre primitivo y autoritario, a la del propio Dios.

Mario Vargas Llosa ha escrito páginas sobrecogedoras a propósito de este asesinato simbólico de la realidad, en su ensayo García Márquez: historia de un deicidio. Es pertinente recordar aquí que el escritor peruano, como Kafka, tuvo que romper lanzas con su padre para poder escribir. Ese parricidio simbólico nos representa a todos. La sombra opresiva del padre, tal como se pone en escena en La carta al padre, del escritor checo, y en El pez en el agua, del peruano, es ese fantasma que debe ser atravesado para poder existir como un sujeto autónomo. Precisamente es en El pez en el agua, cuyos capítulos alternan la reaparición del padre despótico con la campaña política del grupo Libertad, cuyo fracaso llevó al poder a Alberto Fujimori, donde se grafica ese conflicto ante dos demonios que atormentan al escritor: su padre y el futuro dictador. Cuando el político derrotado retorna a su mesa de trabajo, injuriado en su narcisismo, acaso habiendo aceptado la castración simbólica, el laberinto prosigue su curso indescifrable: Vargas Llosa es hoy premio Nobel y Fujimori está en prisión por corrupción y delitos contra la humanidad.

Ahora podemos terminar sin haber respondido a La Boétie. El enigma de cómo se ancla la dominación en los corazones de quienes se someten a ésta (Jessica Benjamin dixit) permanece intacto.

* Psicoanalista