PAPEL DE EXTRANJERÍA

Tenía 7 años cuando partí del Perú con destino a Venezuela y 45 cuando regresé hace dos años a Lima. Tiempo suficiente para que se diluyera en mí cualquier noción petrificada de identidad. Por eso, cuando a veces me preguntan ―o me pregunto― si me siento más peruano que venezolano (o viceversa), en un afán de medir, supongo, mi grado de pureza patriótica, suelo responder ―o responderme― con una frase del Inca Garcilaso: «De ambas naciones tengo prendas», y con ella busco zanjar el asunto. Sin embargo, nunca falta quien precisa de identificaciones más nítidas, menos evasivas, e insiste en la pregunta sobre mis querencias nacionales. Entonces digo que desde mi infancia me acostumbré tanto a ser extranjero que dejar de serlo ahora me provocaría un verdadero sentimiento de desarraigo.

La pregunta sobre la nacionalidad encierra siempre un malentendido que es también una trampa. Por ejemplo: ¿Qué es ser venezolano? ¿Qué semejanzas hay entre un margariteño y un llanero, un merideño y un cumanés, un guaireño y un larense? ¿Qué tienen en común la vida de un caraqueño del barrio La Dolorita de Petare y la de un caraqueño de La Lagunita? Este tipo de preguntas podrían continuar por ese derrotero, y aplicarse además a otros países, a otras culturas. La nacionalidad es una convención que suele controlar la diversidad. Desde esa óptica reguladora, el extranjero es alguien que no comparte los rasgos identitarios de una determinada región (a veces, ni siquiera el idioma), un excluido de la mecánica social compartida por una mayoría, un extraño del que se espera una voluntad de integración y convivencia.

Pero tampoco hay un solo modo de ser, o de sentirse, extranjero. Está el que se va de su tierra natal de manera voluntaria para abrirse camino en otros lugares (como es el caso de mi familia cuando salimos del Perú), el que resulta expulsado por circunstancias que amenazan su vida o sus medios de subsistencia (como es hoy la experiencia de millones de venezolanos que huyen de la dictadura), y el que sin necesidad de salir de su país se siente «fuera de lugar» con respecto a sus connacionales (como ocurre con muchos peruanos de la provincia que llegan a la capital y sufren la discriminación y la desconexión idiomática). En todos estos casos, abandonar un territorio conocido, entrañable, ocasiona una sensación de extrañamiento que puede estar dominada por la inadaptación o, por el contrario, por la necesidad de hallar un equilibrio entre la zona de pérdida y el nuevo espacio social, a pesar de las tensiones generadas por el contacto entre lo propio y lo foráneo.

No quiero desestimar la tragedia que padecen millones de personas obligadas a abandonar su país a causa de desastres naturales, económicos o políticos. Ese tipo de extranjeros son quienes llevan durante más tiempo las marcas del trauma migratorio. Con lo que sí me cuesta lidiar es con aquellos exiliados que hacen de su experiencia una carta de presentación sensiblera, es decir, un melodrama yoísta del destierro con el que buscan darse a conocer desde una resistencia a conocer al otro. El lamento continuo no debería ser una credencial de identidad, sino acaso una fase más, y preferiblemente breve, en ese proceso intercultural que propicia la condición foránea.

Extranjero es quien porta un secreto, dice García Canclini. Esto es, quien lleva el sonido y el sentido de su cultura a otros ámbitos en los que es capaz, al mismo tiempo, de recibir e incorporar otras formas de saber, y de querer. Ser extranjero abre la posibilidad de entrar en ese juego de intercambios de donde se saca, y se entrega, provecho. Visto así, podría decirse que un migrante no es alguien que ha perdido una identidad, sino quien puede expandirla y enriquecerla a partir de su interrelación con otras culturas, otros idiomas y otras experiencias. La tecnología digital ha contribuido además a desplazarnos en mapas virtuales que contrastan ―y compiten― con los mapas geográficos. No hay identidades inmóviles, ni siquiera las individuales, sujetas a los avatares del tiempo. Todo forma parte de una vasta diversidad dinámica a la que se puede acceder con menor o mayor resistencia.

No podría decir si fue la conciencia de sentirme extranjero la que me llevó a la literatura en mi juventud, o si fue la literatura la que me condujo a la aceptación de mi extranjería ya no solo civil, sino existencial. Lo cierto es que todo lector de literatura se proyecta en lo que lee, de manera que su impresión de lectura está mediada por sus modos de ver (de interpretar) la realidad. Leer produce un cruce de sentidos entre el texto y el lector, en cuyo intercambio pueden volatizarse las identidades; sobre todo cuando se trata, como es mi caso, de una adicción libresca. La literatura está compuesta por un universo de metáforas portátiles, por lo que ir de libro en libro es desprenderse, por unas horas, de los nítidos arraigos cotidianos; practicar una suerte de exilio imaginario: un entrenamiento mental para asumir la extranjería como método de circulación y comprensión del mundo. Leer es una serena forma de migrar, un modo de habituarse a lo desconocido, y de ingresar a otro lugar, a otras individualidades, sin abandonarse a sí mismo. Un lector es un ser limítrofe que termina por descubrir que su lugar de origen no es una zona estática, sino una biblioteca rodante. Admito que puede haber un placer de la escisión proveniente de esa combinación de desplazamiento y fijeza que representa la lectura. Placer al que me declaro incapaz de renunciar.

Leer literatura me enseñó a entender lo extranjero no ya como una carencia, como el resultado inevitable de un desgarramiento territorial, sino como un estado físico y psíquico que puede ser aprovechado para redimensionar la relación con los demás, con lo inesperado e ignoto. También para reírnos, de ser posible, de nuestras propias costumbres, creencias y modulaciones, y para admitir en esa risa lo limitados que podemos ser cuando no logramos desatarnos de los prejuicios nacionales. Ser extranjero ofrece ―a costa, muchas veces, de enormes sacrificios y de mucha paciencia― la posibilidad de apreciar el valor de la hibridez y la diversidad desde una (des)ubicación que es y no es parte de una sola manera de entender el mundo, de vivir en él.

* Profesor, editor y promotor cultural peruano, que radicó en Venezuela más de 30 años.